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La predicación de la verdad acerca de la inseparable conexión entre la sexualidad, el amor y la vida

Diácono Dwight P. Campbell, J.D.

 

A la luz de las encuestas que revelan que muchos católicos practican la anticoncepción, un sacerdote o un diácono debe darse cuenta de que una homilía sobre la inseparable conexión entre la sexualidad, el amor y la vida debe tener por objeto persuadir a la congregación acerca de la inmoralidad de la anticoncepción. El hablar de forma persuasiva, o “argumentativa”, como a menudo se le llama, es una especie de arte; y el predicador, para ser eficaz cuando se dirige a una asamblea eclesial sobre este delicado tema, debe estar consciente de ciertos principios fundamentales que debe utilizar. En este artículo, presentaré algunos de estos principios y demostraré cómo pueden ser aplicados en una homilía sobre la inmoralidad de la anticoncepción.

 

Para ser eficaces, cualquier argumentación cuyo objeto sea persuadir debe presentar tres apelaciones fundamentales: a la autoridad o a la tradición, a la razón y a las emociones. Las apelaciones a la autoridad probablemente sean las más persuasivas, porque adquirimos y aceptamos la mayor parte de nuestros conocimientos en base a la autoridad o a la tradición. Por ejemplo, muchos de nosotros nunca han estado en China, pero creemos en la existencia de ese país en base a la autoridad de otras personas, que nos lo han dicho. El mismo principio es válido para las verdades de la enseñanza moral católica, pero con la significativa diferencia de que en materia de doctrina moral católica nuestro conocimiento es cierto; porque nuestra fe nos enseña –y así lo creemos—que el Magisterio goza de la asistencia del Espíritu Santo, que es el Espíritu de la Verdad.

 

Las apelaciones a la razón son persuasivas porque el hombre, como dicen los filósofos, es un “animal racional”. Y las apelaciones a las emociones son persuasivas porque se dirigen al “corazón” y, como dice el refrán, a veces se le llega más fácilmente a la “cabeza” a través del “corazón”.

 

La apelación a la autoridad y a la tradición

 

Consideremos primero la apelación a la autoridad y a la tradición. Opino que la mayoría de los matrimonios que no practican la anticoncepción evitan esta práctica, no porque estén convencidos de los argumentos teológicos de por qué la misma está mal desde el punto de vista moral, sino debido a su amor y fidelidad sincera a Cristo y a Su Esposa, la Iglesia, que se manifiesta por medio de una humilde obediencia a las enseñanzas del Magisterio en general, y en particular al Vicario de Cristo en la tierra, el papa.  Durante la Última Cena, Cristo les dijo a Sus Apóstoles: “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama” (Juan 14:21). Y en otra ocasión les dijo: “Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quienes a vosotros os rechaza, a mí me rechaza” (Lucas 10:16). Para decirlo más sencillamente, estos matrimonios evitan la práctica de la anticoncepción, porque la Iglesia y el papa, quienes ellos creen reciben la asistencia del Espíritu Santo, enseñan que está mal.

 

La apelación a la autoridad o a la tradición debe enfatizar, primero que todo, que la Iglesia siempre se ha opuesto a la separación deliberada del aspecto unitivo del acto conyugal de su aspecto procreador, o de su aspecto potencialmente dador de vida. Por ejemplo, se podría apelar a la autoridad de los dos doctores más grandes de la Iglesia. En el siglo IV, San Agustín escribió: “La relación sexual aún con la legítima esposa es ilícita e impía cuando se impide la concepción de la prole” (De coniug. adult., lebo II, 12: 38.8-10). Santo Tomás de Aquino escribió que para que los actos conyugales fuesen moralmente buenos deben ser realizados “en armonía con la finalidad de la procreación humana” y que la anticoncepción es un “vicio contra la naturaleza, que se adhiere a cada acto venéreo del cual la generación no puede proceder” (ST II-II, Q.153, a.2 y Q.154, a.1).

 

Una de las razones principales por las cuales la gente se niega a obedecer la prohibición de la Iglesia de usar anticonceptivos es que desconocen la historia de la oposición universal a esta práctica. La mayoría de la gente se sorprendería al saber que todas las confesiones cristianas no católicas condenaron la maldad de la anticoncepción hasta el siglo XX. La primera de esas comunidades que permitió la anticoncepción fue la Iglesia Anglicana. En 1929, en su Conferencia de Lambeth, permitió la anticoncepción en ciertos “casos limitados”. En 1930, el Papa Pío XI, en su encíclica, Casti Connubii, reafirmó la condena tradicional de la anticoncepción por parte de la Iglesia Católica.

 

Desde que la Iglesia Anglicana se apartó de la ley moral que prohíbe la anticoncepción, todas las demás confesiones cristianas no católicas la han permitido; y muchas han permitido la inicua práctica a la cual conduce la anticoncepción: el aborto. Solamente la Iglesia Católica, que es asistida por el Espíritu Santo, ha proclamado con constancia la verdad acerca de la maldad de la anticoncepción y del aborto, tanto antes de Casti Connubii como después: el Papa Pío XII en su Alocución a las Comadronas, del 29 de octubre de 1951; el Papa Pablo VI en su encíclica Humanae vitae del 25 de julio de 1968 y el Papa Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica Familiaris consortio, el 22 de noviembre de 1981.

 

La predicación brinda una oportunidad perfecta para enfatizar la necesidad de la fiel obediencia al Magisterio de la Iglesia y a la enseñanza del papa en materia de fe y moral, así como las razones por las cuales se debe ejercer dicha obediencia. Además de los pasajes bíblicos que hemos citado anteriormente, se podría citar también la promesa de Jesús a Sus Apóstoles durante la Última Cena: “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa” (Juan 16:13) y las palabras de Jesús a Pedro: “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos…” (Mateo 16:19). Se podría citar también la Constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, en el parágrafo 18, el cual enseña que Cristo puso a Pedro (y a sus sucesores) como cabeza de la Iglesia y dotó al Romano Pontífice de su magisterio infalible, lo cual debe ser “objeto de fe inconmovible” por parte de “todos los fieles”.

 

La apelación a la razón

 

También se le debe decir a la congregación que la Iglesia tiene muy buenas razones para condenar la anticoncepción. La razón principal es que viola la ley natural, ya que todo acto humano, para ser moralmente bueno, debe ser realizado en conformidad con el fin que la naturaleza y Dios le han asignado. En la Humanae vitae, el Papa Pablo VI enseñó que existe una “inseparable conexión” entre el significado unitivo (el amor) y el significado procreador (la potencialidad de transmitir la vida) del acto conyugal, la cual “Dios ha querido y el hombre no puede romper por propia iniciativa” (Humanae vitae, 12). La anticoncepción separa estos dos significados; por consiguiente es intrínsecamente inmoral.

 

Otra razón que el Papa Pablo VI explicó y que por la cual la anticoncepción es moralmente ilícita se funda en los derechos de Dios. La vida humana es sagrada y Dios es el Creador de toda vida humana. Sólo Él tiene el derecho de determinar cuándo comienza la vida humana. Al practicar la anticoncepción, los matrimonios usurpan un derecho que sólo le pertenece a Dios, y se convierten en árbitros de las fuentes de la vida humana (Humanae vitae, 13).

 

Hay otros argumentos razonables contra la anticoncepción que se fundan en sus consecuencias. Una de ellas es que la anticoncepción conduce al aborto. ¿Por qué ocurre ello? Porque en la raíz de ambos actos está la misma mentalidad antivida. De hecho, la transición de la anticoncepción al aborto no requiere ningún cambio en la voluntad. En ambos actos, la voluntad se ha colocado en contra de la vida. Por ello es que las sociedades anticonceptivas se convierten en sociedades abortivas. En la Humanae vitae 17, el Papa Pablo VI predijo las graves consecuencias de la anticoncepción: “Consideren, antes que nada, el camino fácil y amplio que se abriría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad”. Estas palabras son verdaderamente proféticas, si se tiene en cuenta la elevada tasa de divorcio y la consecuente desintegración familiar que nuestra sociedad ha sufrido, especialmente después de la introducción y el difundido uso de la forma más “conveniente” de anticoncepción, ¡la infame píldora anticonceptiva!

 

La apelación a la emoción

 

Es sabio terminar una homilía apelando a las emociones, porque, como se ha mencionado antes, a veces se le llega más fácilmente a la “cabeza” a través del “corazón”. Un excelente argumento de este tipo es el del Papa Juan Pablo II en sus catequesis sobre la teología del cuerpo, que impartió de 1979 a 1984.  En ellas, el Santo Padre dice que hay un “lenguaje” del cuerpo, que debe ser “leído” en la verdad, es decir, según las normas morales objetivas. Dice que al practicar la anticoncepción, los esposos no entregan totalmente sus cuerpos el uno al otro según la verdad, es decir, según el plan de Dios. En vez de ello, retienen y vacían de su contenido el gran don que Dios les ha dado y que los hace capaces de cooperar con Él en el misterio de engendrar la vida humana: su capacidad corporal para procrear. Por consiguiente, “se expresan una falsedad” el uno al otro con el “lenguaje” de sus cuerpos. El Santo Padre también dice que cuando el acto conyugal es “privado de su verdad interior debido a que se le priva artificialmente de su capacidad procreadora, deja de ser un acto de amor”. Los esposos terminan utilizándose el uno al otro como objetos de placer, en vez de amarse mutuamente como personas. Por consiguiente, la anticoncepción destruye no solamente el elemento procreador del acto conyugal, sino también el elemento unitivo, ya que, según el proyecto de Dios el amor humano está ordenado a la vida.

 

¡Háblenles acerca de la PNF!

 

No importa cuán persuasivas sean las apelaciones a la autoridad, a la razón y a las emociones, el predicador siempre debe hablar de la PNF en una homilía sobre la anticoncepción. Una buena manera de integrar la PNF en una homilía sobre este tema es preguntarle a la congregación si la Iglesia, al condenar la anticoncepción, está siendo insensible a la situación económica de algunas familias o a la salud de las madres. La respuesta, por supuesto, es que definitivamente no lo está. La Iglesia respeta la dignidad de los matrimonios. Si los esposos disciernen que necesitan espaciar los embarazos o aún limitar el tamaño de su familia debido a graves razones económicas o de salud, la Iglesia permite que tomen esa decisión, siempre y cuando la lleven a cabo a través de métodos naturales, los cuales, debido a que son naturales, siempre están abiertos al amor creador de Dios. En la Humanae vitae, 10, el Papa Pablo VI enseñó que los matrimonios tienen la misión de una “paternidad responsable”, que los obliga a conocer el sistema reproductor humano.

 

Además, el predicador debe esforzarse por enfatizar la eficacia de los nuevos métodos de PNF –el método sintotérmico y el Billings (tienen una eficacia del 95%)--, los cuales prácticamente han reemplazado al antiguo método del “ritmo”. Tristemente, ¡este es uno de los “mejores secretos” que la Iglesia tiene “guardado”!

 

Más aún, debido a que estos nuevos métodos son más precisos en cuanto a indicar el momento en que la mujer es fértil, requieren menos tiempo de continencia. La continencia periódica que la PNF requiere tiene su valor: exige sacrificio, en el cual se demuestra el verdadero amor—una mirada al crucifijo revela este misterio.

 

El predicador también debe enfatizar que uno de los beneficios adicionales de la práctica de la PNF es que fomenta la comunicación entre los esposos. Durante cada ciclo mensual, los esposos deben dialogar si desean cooperar con Dios y Su amor haciendo que su acto conyugal sea fructífero y dador de vida. ¡Qué hermoso! ¡Qué poderosa apelación al corazón!

 

Ahora bien, para de verdad ser eficaces en la predicación y en la promoción de la PNF, el predicador debe familiarizarse con los métodos naturales. El portal http://www.planificacionfamiliar.net/ ofrece enlaces a muchos recursos y materiales educativos sobre el método sintotérmico de PNF. Este portal es la sección en español del portal http://www.ccli.org/ de la Liga de Pareja a Pareja, que fue fundada en EEUU por el matrimonio John y Sheila Kippley. En la lista de recursos que recomendamos, al final de este boletín, ofrecemos más recursos en español y en inglés sobre la PNF.

 

Apelación a la misericordia de Dios y a Su gracia

 

Cuando abordamos este tema, se debe realizar una última apelación a la misericordia de Dios, que es infinita. Él quiere que Sus hijos se aparten del pecado y se reconcilien con Él. Además, nos ha dado los medios para reconciliarnos: el gran Sacramento de la Misericordia, la Confesión. Los predicadores deben exhortar a los que están luchando con el pecado de la anticoncepción a que hagan uso frecuente de la Confesión sacramental. Dios nunca le negará Su gracia a nadie que desee superar cualquier práctica pecaminosa.

 

Esta información fue publicada por Human Life International en la edición de la primavera del 2008 de su boletín “Seminarians for Life International” y por Vida Humana Internacional en la versión en español de esa misma edición.

 

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