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Juan Pablo II se reúne con un grupo de planificación natural de la familia

 

En diciembre de 1990, la Universidad Católica del Sagrado Corazón de Roma dio un curso sobre la planificación natural de la familia (PNF). Los participantes tuvieron una audiencia con el Papa Juan Pablo II, quien les dirigió las siguientes palabras:

 

Al saludarles de todo corazón, deseo expresarles mi profundo gozo ante esta importante iniciativa, patrocinada por el Centro para el Estudio y la Investigación de la Regulación Natural de la Fertilidad de la Universidad Católica del Sagrado Corazón. El curso en el que están participando tiene por objeto capacitar instructores que puedan enseñar a las familias los métodos naturales que hagan posible una procreación auténtica y responsable, según la doctrina moral que el Magisterio ha enseñado constantemente. Una descripción de los fines de esta iniciativa es suficiente para mostrar su relevancia respecto de la misión de la Iglesia hacia la familia. En la Exhortación Apostólica Familiaris consortio, recordé tanto a los obispos como a los fieles la urgente necesidad de “un compromiso más amplio, decisivo y sistemático en hacer conocer, estimar y aplicar los métodos naturales de regulación de la fertilidad”

(Familiaris consortio, 35).

 

La enseñanza de la Iglesia acerca de un asunto tan delicado y urgente en la vida de los esposos y la sociedad es a menudo mal entendida y convertida en objeto de oposición, debido a que es presentada de forma inadecuada e unilateral, es decir, deteniéndose en el juicio negativo respecto de la anticoncepción, que siempre es un acto intrínsecamente deshonesto; sin embargo rara vez se esfuerza por entender esta norma ”a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena sino también sobrenatural y eterna” (Humanae vitae, 7). En verdad, solamente en el contexto de la responsabilidad hacia la vida y el amor es que se pueden comprender las razones en las que se funda la prohibición de “toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación” (Humanae vitae, 14). Sólo en el contexto de valores como éstos es que los esposos pueden encontrar la inspiración que los hace capaces de superar, con la ayuda de la gracia de Dios, las dificultades que inevitablemente tendrán que enfrentar cuando, en condiciones socialmente desfavorables y en un ambiente caracterizado por un hedonismo fácilmente disponible, se empeñan en seguir un camino que es conforme a la voluntad del Señor. Sólo profundizando el concepto cristiano de esta “responsabilidad hacia la vida y el amor” es que se puede entender “la diferencia antropológica y al mismo tiempo moral, que existe entre el anticoncepcionismo y el recurso a los ritmos temporales” (Familiaris consortio 32).

 

“¡Responsabilidad hacia la vida y el amor!” Esa expresión nos recuerda la grandeza de la vocación de los esposos, que han sido llamados a ser colaboradores libres y conscientes de Dios que es amor, que crea por medio del amor y que llama al amor. El término “responsabilidad” es, por lo tanto, éticamente decisivo, porque en él se combinan la dignidad del “don” que es recibido y, por otro lado, el valor de la “libertad” a la que es confiado para que dé fruto. Mientras más grande es el don, más grande es la responsabilidad del sujeto que libremente lo acepta. ¿Y qué don más grande hay en el plano natural que la vocación de un hombre y una mujer a expresarse un amor fiel e indisoluble que está abierto a la transmisión de la vida?

 

En el amor conyugal y en la transmisión de la vida, el ser humano no puede olvidar su dignidad de persona; el orden natural es elevado a cierto nivel, que ya no es meramente biológico. Por ello es que la Iglesia nos enseña que la responsabilidad hacia el amor es inseparable de la responsabilidad hacia la procreación. El fenómeno biológico de la reproducción humana, en el que la persona humana encuentra sus comienzos también tiene como fin el surgimiento de una nueva persona, única e irrepetible, hecha a imagen y semejanza de Dios. La dignidad del acto procreador, en el que el amor interpersonal de los esposos encuentra su culminación en la nueva persona, en un hijo o en una hija, surge de este hecho. Por ello es que la Iglesia enseña que la apertura a la vida en las relaciones conyugales protege la autenticidad misma de la relación de amor, salvándola del riesgo de descender al nivel de un placer meramente utilitario.

 

A través de este sentido de responsabilidad hacia el amor y la vida, Dios Creador invita a los esposos a no ser operadores pasivos, sino “cooperadores y como intérpretes” de Su plan (Gaudium et Spes, 50). De hecho, son llamados, en el respeto al orden moral establecido por Dios, a un obligatorio discernimiento de las indicaciones de la voluntad de Dios en relación con la familia. De manera que en relación con las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, la paternidad responsable será capaz de expresarse “ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido” (Humanae vitae, 10).

 

Hoy la ciencia ofrece la oportunidad precisamente de determinar los períodos fértiles e infértiles en el organismo de la mujer. Los esposos pueden hacer un buen uso de este conocimiento, para lograr varios fines: no solamente para espaciar o limitar el número de nacimientos, sino también para elegir el momento más oportuno, desde todo punto de vista, para la procreación, o también para identificar los períodos de mayor fertilidad en los casos en que el concebir ha sido difícil.

 

Al aplicar este conocimiento científico a la regulación de la fertilidad, la tecnología de ninguna manera sustituye el cometido que las personas deben desempeñar ni tampoco interviene para manipular la naturaleza de la relación, como es el caso de la anticoncepción, en la que el aspecto unitivo del acto conyugal es separado deliberadamente del significado procreador. Al contrario, al practicar los métodos naturales, la ciencia siempre debe estar unida al dominio propio, ya que, al usarlos, la virtud –aquella perfección que pertenece específicamente a las personas—es un factor necesario.

 

De manera que podemos decir que la continencia periódica, practicada para regular la fertilidad de manera natural, exige una comprensión profunda de la persona y del amor. En verdad, ello requiere el escucharse mutuamente y el diálogo entre los esposos, atención y sensibilidad hacia el otro cónyuge y un constante dominio propio: todas estas son cualidades que expresan el amor verdadero hacia la persona del cónyuge, por lo que él o ella es y no por lo que uno desearía que fuera. La práctica de los métodos naturales exige el crecimiento personal por parte de los esposos en un esfuerzo conjunto por fortalecer el amor.

 

La conexión intrínseca entre la ciencia y la virtud moral constituye el elemento específico y moralmente determinante del recurso a los métodos naturales. Es parte de la capacitación completa e integral de los instructores y de los esposos. En ella, debe establecerse claramente que lo que importa aquí es más que una simple “instrucción” divorciada de los valores morales propios de la enseñanza, cuyo fin es que las personas se den cuenta de que no es posible practicar los métodos naturales como una variante “lícita” de la decisión de permanecer cerrados a la vida, lo cual sería esencialmente lo mismo que aquello que motiva la decisión de usar anticonceptivos: solamente si hay una apertura fundamental a la paternidad y a la maternidad, entendidas como colaboración con el Creador, es que los medios naturales se convierten en una parte integral de la responsabilidad hacia el amor y la vida.

 

La Sagrada Escritura nos revela el rostro radiante de Dios que “es amor” (1 Juan 4:8) y que es un “amante de la vida” (Sabiduría 11:26). Aún en medio de dificultades y malentendidos, nunca olviden que la labor a la cual se han dedicado, queridos hermanos y hermanas, es un servicio al amor y a la vida para apoyar a los esposos que tienen la intención de vivir según el plan de Dios. A través de este servicio, que amerita el apoyo comprometido de todos los pastores, ustedes están dando una forma de asistencia válida a la misión de la Iglesia.

 

Esta información fue publicada por Human Life International en la edición de la primavera del 2008 de su boletín “Seminarians for Life International” y por Vida Humana Internacional en la versión en español de esa misma edición.

 

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