La
anticoncepción: De la que nadie quiere hablar
Padre
Paul Marx, OSB, Ph.D
Fundador
de Human Life International
Sin lugar
a dudas, la anticoncepción siempre conduce al aborto. Es inevitable
que sea así. Cuando un hombre y una mujer, creados a imagen de
Dios, se entregan el uno al otro sexualmente, lo hacen en la plenitud
de su humanidad, una plenitud que incluye la sexualidad y la fertilidad.
La fertilidad está ligada a la sexualidad, así como la fuerza
muscular está ligada a los músculos. Es la posibilidad de la fertilidad,
la oportunidad de colaborar con Dios en la creación de una nueva
persona, lo que le da a la sexualidad su profundo sentido, su
valor y su trascendental significado.
Piense
en una pareja que busca reprimir mediante la anticoncepción. Cuando
esa pareja tenga la relación sexual, será un acto lleno de condiciones.
Esencialmente se están diciendo el uno al otro que se aman, de
una manera materialista, en su papel de esposos, enamorados y
amigos, pero que no se aman en su papel de padres. No, la posibilidad
de que la paternidad y la maternidad pudieran ser el resultado
de ese acto no sería considerada como una bendición, sino como
una maldición. Y, naturalmente, es poco probable que aquello que
consideramos un mal en sus comienzos lo veamos como un bien en
su final. Después de todo, ¿cómo hemos llamado a los niños cuya
concepción fue producto del fallo de la anticoncepción? "Errores".
¿Y qué es lo que con frecuencia hacemos con ellos? Abortarlos.
Consideremos
ahora una segunda pareja de casados, que aceptan su sexualidad
en su plenitud, que no coartan su expresión sexual. Cuando ellos
se unen lo hacen incondicionalmente. El amor del uno por el otro
es un amor lleno de respeto por la totalidad de la otra persona.
Nada de su humanidad queda fuera; no se hace ningún esfuerzo para
dejar fuera alguna parte del otro. El hombre se acerca a la mujer
como su marido, esposo, pareja, amante, y como el posible padre
de sus hijos. La mujer lo recibe como su esposa, su pareja, su
amante, y como la posible madre de sus hijos. Cada uno está totalmente
presente para el otro, como Dios les creó y quiso que fueran;
y si la concepción ocurriera, no sería para ellos algo que hay
que aceptar al final porque no queda más remedio, sino desde el
principio.
En el
acto sexual manipulado por los anticonceptivos, su significado
termina cuando comienza. Cuando no se toman riesgos, no puede
haber logros. Pero un acto de amor incondicional tiene dimensiones
que van más allá de las dos personas, de la cama y las cuatro
paredes; una nueva persona, un nuevo ser querido nacerá a la vida
porque cada uno ha escogido amar totalmente al otro.
¡Qué
bien se entendía esto en el pasado! Los niños, como todos los
seres humanos, solían ser vistos como lo que realmente son: creados
a imagen de Dios, con un destino eterno, seres creados como un
fin en sí mismos, y nunca para ser utilizados como medio para
otros fines. Pero ahora nuestra visión se ha oscurecido, nuestras
mentes están viciadas y los niños, en el caso que estemos dispuestos
a recibirlos, fácilmente los consideramos como meras extensiones
de nosotros mismos, en vez de seres únicos en sí mismos. No hace
mucho tiempo, considerábamos a nuestros niños como un don de Dios.
Ahora los hemos reducido a no ser más que el resultado de nuestra
elección.
Y por
qué asombrarse, entonces, de que actualmente tengamos que ofrecer
clases especiales a nuestros jóvenes, para tratar de convencerlos
de que no está bien que se maten entre ellos en la calle, ahora,
cuando hemos reducido tanto el valor de la persona humana.
Pero
una parte de nosotros rehúsa olvidar quiénes somos. Nuestras conciencias
se rebelan contra lo que saben que es falso. Desde el fondo del
corazón reconocemos que nuestra sexualidad tiene un propósito
que va mucho más lejos de ser un mero medio que acaba en el otro;
y que nuestros niños, como dones de Dios, no pueden ser simples
extensiones de nuestra voluntad, sino oportunidades para amar
más profundamente. Es esta convicción la que me ha llevado a pasar
los últimos 32 años defendiendo la vida, y es esta convicción
la que hace que nuestros oponentes, para poder silenciarla, traten
de encubrir sus acciones con eufemismos y anticonceptivos.
Todos
deben entender que cualquier presunto anticonceptivo, que actúa
evitando que el nuevo ser concebido se anide en el útero de su
madre, es un abortivo. Estos fármacos no son contraceptivos, ya
que la concepción ocurre de todas formas, sin importar la presencia
de los mismos. Más bien, lo que estos fármacos hacen es matar
al niño en su más temprana, vulnerable e indefensa etapa. Y como
esto lo reprueba nuestra conciencia, para tratar de ocultarlo,
lo que hacemos es negarlo. Pero la verdad no se puede negar para
siempre. Cuando matamos a nuestros niños en el útero materno,
matamos igualmente a una parte de nosotros mismos.
Y quizás,
la mayor tragedia es saber que son pocos los que comprenden que
no se necesita usar anticonceptivos. De todas las criaturas creadas
por Dios, los seres humanos son las menos fértiles. Un matrimonio
que entiende su fertilidad, se da cuenta del milagro que hay detrás
de cada concepción. ¡Qué triste es que haya sido necesario el
testimonio de cientos de miles de parejas infértiles, para enseñarnos
que somos un milagro de Dios!
Este
artículo fue publicado en el "Washington Times" el 22
de enero de 1997.
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