ROMA, viernes 3 de octubre
de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto íntegro
del mensaje enviado por el Papa a los participantes del Congreso
Internacional "Humanae Vitae: Actualidad y profecía
de una encíclica" que se celebra desde hoy en la Universidad
Católica de Roma, a través del director del Instituto
Pontificio "Juan Pablo II" para los Estudios sobre el
Matrimonio y la Familia.
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A monseñor Livio
Melina
Director del Instituto
Pontificio "Juan Pablo II" para los Estudios sobre el
Matrimonio y la Familia
He sabido con alegría
que el Instituto Pontificio, del que usted es director, y la Universidad
Católica del "Sacro Cuore" han organizado oportunamente
un Congreso Internacional con ocasión del 40º aniversario
de la publicación de la encíclica Humanae vitae, importante
documento en el que se afronta uno de los aspectos esenciales de
la vocación matrimonial y del camino específico de
santidad que se sigue de ella. Los esposos, de hecho, habiendo recibido
el don del amor, están llamados a hacerse a su vez don del
uno a la otra sin reservas. Solo así los actos propios y
exclusivos de los cónyuges son verdaderamente actos de amor
que, mientras les unen en una sola carne, construyen una genuina
comunión personal. Por tanto, la lógica de la totalidad
del don configura intrínsecamente al amor conyugal y, gracias
a la efusión sacramental del Espíritu Santo, se convierte
en el medio para realizar en la propia vida una auténtica
caridad conyugal.
La posibilidad de procrear
una nueva vida humana está incluida en la donación
integral de los cónyuges. Si, de hecho, cada forma de amor
tiende a difundir la plenitud de la que vive, el amor conyugal tiene
una forma propia de comunicarse: generar hijos. Así no sólo
se asemeja, sino que participa del amor de Dios, que quiere comunicarse
llamando a la vida a las personas humanas. Excluir esta dimensión
comunicativa mediante una acción dirigida a impedir la procreación
significa negar la verdad íntima del amor esponsal, con la
que se comunica el don divino: "si no se quiere exponer al
arbitrio de los hombres la misión de generar la vida, se
deben reconocer necesariamente límites insuperables a la
posibilidad de dominio del hombre sobre su propio cuerpo y sus funciones;
límites que a ningún hombre, tanto privado como revestido
de autoridad, le sea lícito infringir" (Humanae vitae,
17). Éste es el núcleo esencial de la enseñanza
que mi venerado predecesor Pablo VI dirigió a los cónyuges,
y que el Siervo de Dios Juan Pablo II, a su vez, reafirmó
en muchas ocasiones, iluminando su fundamento antropológico
y moral.
A distancia de 40 años
de la publicación de la Encíclica, podemos entender
mejor cuán decisiva es esta luz para comprender el gran "sí"
que implica el amor conyugal. En esta luz, los hijos ya no son el
objetivo de un proyecto humano, sino reconocidos como un auténtico
don que acoger, con actitud de generosidad responsable ante Dios,
fuente primera de la vida humana. Este gran "sí"
a la belleza del amor comporta ciertamente la gratitud, tanto de
los padres al recibir el don de un hijo, como del hijo mismo al
saber que su vida tiene origen en un amor tan grande y acogedor.
Es verdad, por otro lado,
que en el camino de la pareja pueden darse circunstancias graves
que hacen prudente distanciar el nacimiento de los hijos o incluso
suspenderlo. Y es aquí que el conocimiento de los ritmos
naturales de la fertilidad de la mujer se convierte en importante
para la vida de los cónyuges. Los métodos de observación,
que permiten a la pareja determinar los periodos de fertilidad,
les consienten administrar cuanto el Creador ha sabiamente inscrito
en la naturaleza humana, sin turbar el significado íntegro
de la donación sexual. De esta forma los cónyuges,
respetando la verdad plena de su amor, podrán modular su
expresión en conformidad a estos ritmos, sin quitar nada
a la totalidad del don de sí mismos que expresan la unión
de la carne. Obviamente, esto requiere una madurez en el amor, que
no es inmediata, sino que necesita un diálogo y una escucha
recíprocas y un singular dominio del impulso sexual en un
camino de crecimiento en la virtud.
En esta perspectiva,
sabiendo que el Congreso se desarrolla también por iniciativa
de la Universidad Católica del "Sacro Cuore", me
es grato expresar también mi particular aprecio por cuanto
esta Institución universitaria hace en apoyo del Instituto
Internacional Pablo VI de investigación sobre la fertilidad
y la infertilidad humana para una procreación responsable
(ISI), entregado por ella a mi inolvidable Predecesor, Papa Juan
Pablo II, queriendo de este modo ofrecer una respuesta, por así
decir, institucionalizada, al llamamiento realizado por el Papa
Pablo VI en el número 24 de la encíclica "a los
hombres de ciencia”. La tarea del ISI, de hecho, es de hacer progresar
el conocimiento de los métodos tanto de la regulación
natural de la fertilidad humana como para la superación natural
de la eventual infertilidad. Hoy, "gracias al progreso de las
ciencias biológicas y médicas, el hombre puede disponer
de recursos terapéuticos cada vez más eficaces, pero
también obtener poderes nuevos de consecuencias imprevisibles
sobre la vida humana desde su mismo inicio y desde sus primeros
estadios" (Instrucción Donum vitae, 1). En esta perspectiva,
"muchos investigadores se han empeñado en la lucha contra
la esterilidad. Salvaguardando plenamente la dignidad de la procreación
humana, algunos han llegado a resultados que antes parecían
inalcanzables. Los hombres de ciencia deben ser por tanto animados
a proseguir en sus investigaciones, con el fin de prevenir las causas
de la esterilidad y poderlas remediar, de modo que las parejas estériles
puedan llegar a procrear en el respeto de su dignidad personal y
la del nasciturus" (Instrucción Donum vitae, 8). Éste
es precisamente el fin que el ISI Pablo VI y otros centros análogos,
con el apoyo de la Autoridad eclesiástica, se proponen.
Podemos preguntarnos:
¿cómo es posible que hoy el mundo, y también
muchos fieles, encuentren tanta dificultad en comprender el mensaje
de la Iglesia, que ilustra y defiende la belleza del amor conyugal
en su manifestación natural? Ciertamente, la solución
técnica, también en las grandes cuestiones humanas,
parece a menudo la más fácil, pero en realidad esconde
la cuestión de fondo, que se refiere al sentido de la sexualidad
humana y a la necesidad de un dominio responsable, para que su ejercicio
pueda llegar a ser expresión de amor personal. La técnica
no puede sustituir a la maduración de la libertad, cuando
está en juego el amor. Al contrario, como bien sabemos, ni
siquiera la razón basta: es necesario que el corazón
vea. Sólo los ojos del corazón llegan a captar las
exigencias propias de un gran amor, capaz de abrazar la totalidad
del ser humano. Por ello, el servicio que la Iglesia ofrece en su
pastoral matrimonial y familiar deberá saber orientar a las
parejas a entender con el corazón el diseño maravilloso
que Dios ha inscrito en el cuerpo humano, ayudándolas a acoger
todo cuanto comporta un auténtico camino de maduración.
El Congreso que estáis
celebrando representa por ello un importante momento de reflexión
y de atención para las parejas y para las familias, ofreciendo
el fruto de años de investigación, tanto sobre la
parte antropológica y ética como sobre la parte estrictamente
científica, a propósito de la procreación verdaderamente
responsable. A la luz de esto no puedo más que congratularme
con vosotros, augurando que este trabajo traiga frutos abundantes
y contribuya a sostener a los cónyuges cada vez con mayor
sabiduría y claridad en su camino, animándoles en
su misión de ser, en el mundo, testigos creíbles de
la belleza del amor. Con estos auspicios, mientras invoco la ayuda
del Señor sobre el desarrollo de los trabajos del Congreso,
envío a todos una especial Bendición Apostólica.
En el Vaticano, a 2 de
octubre de 2008
BENEDICTUS PP XVI