La anticoncepción: El mundo, la carne y la visión materialista del hombre
Pierre
Dejond, SJ
Introducción:
El
propósito de este artículo es describir los problemas sociales
que provienen de la actual y extensa práctica de la anticoncepción.
Este tema tan delicado es ante todo un problema social, antes
de ser un asunto privado de regulación natal dentro de una relación
entre esposos. Podemos comprender mejor en este contexto más amplio
la razón por la cual la anticoncepción plantea un dilema ético,
acerca del cual la Iglesia busca guiar las conciencias de los
fieles.
El
demógrafo Pierre Chaunu escribió:
“Desde
1964, el punto de partida para la mayor parte de los países europeos;
hemos llegado a un proceso de reducción dramática del número de
personas concebidas, nunca antes vista en la historia...De una
muerte gradual nos estamos moviendo a una muerte instantánea:
Alemania está muerta; su situación es irreversible (1.2 niños
por mujer alemana, mientras que se necesita un promedio de 2.1
niños por mujer para reemplazar una generación). ¿Cómo
se explica esta implosión, esta destrucción? Aparentemente, lo
que más se puede culpar es la revolución anticonceptiva que empezó
en 1960” [1].
Esta
tendencia demográfica trae consigo consecuencias espantosas para
las poblaciones europeas. Sin un influjo de inmigrantes, muchas
naciones europeas perderán casi la mitad del personal militar
activo que podrían resultar en las próximas tres generaciones
(cerca de 75 años) y su tejido social se deshilachará cada vez
más.
Evelyne
Sullerot, una humanista activista que ha trabajado por mucho tiempo
y con gran celo para lograr un cambio de valores morales, lo expresa
de esta manera:
“En
un espacio de diez años, desde 1972, uno puede ver la estructura
social de la sociedad civil derrumbándose rápidamente: hay más
y más uniones libres, más y más divorcios, más y más niños nacidos
fuera del matrimonio, más y más personas solteras. Este cambio
no tiene precedentes en su naturaleza, su extensión y la velocidad
con que está avanzando”.
Y
se hace la pregunta:
“En
lo que respecta al futuro, ¿quien sabe si la obstinación con la
que el Papa continua repitiendo el ‘por qué’ de la tradición católica
no se está volviendo algo nuevo y liberador para algunos jóvenes,
que están cansados del relajamiento de la manera actual de vivir
y que ansían la auto-disciplina? Ya son visibles los primeros
signos de tal desarrollo” [2].
A
estos dos puntos de vista formulados por personas que no son católicas,
yo le voy a yuxtaponer el pronunciamiento triunfal que el Doctor
Pierre Simon hizo en su libro De la Vie Avant Toute Chose
(3). El fue un Gran Maestro de la “Grande Logo de France”, una
organización masónica.
La postura de un incrédulo
El
Dr. Pierre Simon escribe: “Si la gran bendición de la ciencia
médica fuera el deshacernos de la muerte, la segunda sería cambiarle
el sentido a la vida” [4]. En 1953, el Dr. Simon junto con un
grupo de médicos franceses y belgas --todos ellos libre pensadores--
fundaron el Groupe Littre en Genova. El propósito de este
grupo era la defensa de la vida. Sin embargo, el autor señala,
“estamos conscientes de que esta lucha no es puramente técnica,
sino filosófica. El comienzo de nuestra lucha es el de hacer ver
la vida como un trozo de materia” [5].
El
propósito de esta cruzada por el Groupe Littre, era entonces,
el imponer sobre la sociedad el principio filosófico del materialismo.
En la visión materialista, la vida humana pierde su carácter absoluto
que se le asignó en el Génesis, o que se le atribuyó por Aristóteles
o Buffon, para volverse una idea que toma forma y se desarrolla
de acuerdo a leyes, ideas y conocimientos [6].
Si
uno le niega a la vida humana su carácter absoluto y trascendental,
la persona humana pierde su dignidad inalienable y sus derechos
inviolables. Entonces la sociedad determina qué derechos se le
otorgarán a una persona y el estado se convierte en el señor y
dueño absoluto. Como en todos los regímenes totalitarios, la función
ética de definir el bien y el mal no depende de la religión o
la conciencia, sino del poder político. Y este poder se comparte
cada vez más con los médicos y científicos. El Dr. Simon lo pone
de esta manera:
“Aunque
la sociedad no deja de influenciar a la profesión médica, ésta
forma cada vez más el rostro y el propósito de la sociedad moderna.
Se vuelve más y más difícil evitar que los médicos se involucren
en la política, porque ya no tienen como su único propósito la
salud de las personas, sino que se involucran en cambiar sus objetivos
y por ello en cambiar la moral. Y participan más y más en el poder
político, como lo hacen otros científicos” [7].
Metiéndose en la metafísica
El
sentido está claro: la profesión médica tiene que ejercer su poder
sobre la sociedad metiéndose en la metafísica --es decir, interesándose
en el propósito de vivir-- y trabajando para que hayan cambios
en el código moral. El profesor Schooyans en su claro y valiente
libro sobre la fertilización, titulado In Vitro [8], llama
correctamente a esto una “biocracia”.
El
Dr. Simon se regocija triunfalmente en el hecho de que los médicos
y científicos hoy día ayuden a dirigir el poder político y a influir
en las decisiones políticas [9]:
“El
llamado parto sin dolor, la anticoncepción, el aborto, las nuevas
formas de investigación; todo esto no sólo ha cambiado la situación
de las mujeres y les ha restaurado el honor a su sexualidad humana;
estas innovaciones también han cambiado a la gente misma y la
naturaleza de sus relaciones; se han unido a través de un cambio
total de valores culturales y sociales” [10].
Para
alcanzar este objetivo, el Groupe Littre promovía celosamente
la idea de que la gente debía tener libre determinación sobre
sus propios cuerpos. Pierre Simon admite que “esto crea una violencia
a la ética cristiana, que considera el cuerpo como un don de Dios”
[11]. Para promover esta “libertad”, fue necesario introducir
la anticoncepción en los diferentes países. Ciertamente, gracias
a “la nueva visión del sentido de la vida introducida por medio
de la anticoncepción, la sociedad será cambiada totalmente” [12].
El Dr. Simon usa la expresión “introducida por medio de la anticoncepción”.
El quiere decir que lógica e inevitablemente ésta llevará a “una
revisión del sentido de la vida en una dirección materialista”.
Para
disuadir la opinión pública y ganar el apoyo de las masas, es
necesario usar los medios disponibles para difundir propaganda
y “poner presión a los bajos deseos” --es decir, a los instintos
sexuales-- para “liberar” a la gente del dominio de la razón,
y por tanto de las restricciones impuestas por la conciencia moral.
A
nivel político y legal, los precursores del cambio tuvieron que
despachar sumariamente por lo menos en Francia, la ley de 1920
que buscaba el prevenir la baja de los índices de nacimientos,
prohibiendo la venta y la publicidad de los anticonceptivos. El
Dr. Simon escribió:
“El
atacar la ley en su totalidad significaba liberalizar el aborto.
La opinión [pública] sin embargo, todavía no estaba lista para
esto. Por consiguiente, teníamos como nuestra primera meta el
destruir esta amalgama. Una vez que la anticoncepción fuera común
y aceptada por la ley, entonces el aborto sería aceptado. Lo que
sucedió después nos probó que estábamos en lo correcto. La lucha
por la anticoncepción iba a durar más y sería más difícil que
la lucha por el aborto. Cambiando un famoso refrán: ‘Habíamos
ganado la guerra, lo único que quedaba era pelear la última batalla’”
[13].
La
relación entre la anticoncepción y el aborto está clara. Es la
misma que entre una guerra y la batalla final. El último fin como
ya lo vimos, es ejercer la libertad sobre el propio cuerpo como
si fuera sólo un trozo de materia “en el sentido ecológico de
la palabra” [14]. En otras palabras: una vez que la anticoncepción
es común en la sociedad, trae una nueva forma de pensar; el cuerpo
es visto como material biológico con el cual uno puede hacer como
le plazca. Al irse extendiendo esta mentalidad, se acepta el aborto
cada vez más. La historia prueba que el Dr. Simon tenía razón.
En diciembre de 1967, nueve meses antes de que la encíclica Humanae
vitae fuera publicada, la Ley Neuwirth fue
aprobada en Francia, permitiendo la venta y la publicidad con
respecto a los anticonceptivos. En 1975, le siguió la Ley Weil,
la cual legalizó el aborto. Hacia el año de 1983 este “crimen
horrendo” (Gaudium et spes, No. 51) comenzó a ser pagado
por el seguro nacional de salud --es decir, por todos los contribuyentes.
La “cláusula de conciencia” de la Ley Weil (que permite negarse
a participar en el aborto) no es más que una formalidad vacía,
pues todos los ciudadanos franceses, cualquiera que sean sus convicciones,
pagan por el seguro de salud y así participan con los fondos para
el aborto. Al rehusar reconocer el inviolable derecho a la vida,
el gobierno se ha vuelto, de hecho, en un estado totalitario.
La antropología cristiana: La base de la ética
El
Dr. Pierre Simon y su Groupe Littre tienen ayuda de muchos
grupos en Francia, como el Parti Radical Socialiste, el Movement
Français de Planification Familial, el Parti S.F.I.O., el Parti
Radical, P.S.U. y de personas como Charles Hernu, François
Mitterand, Madame Eveline Sullerot, Rev. André Dumas, Abbé Marc
Oraison y otros incluyendo la base de la Federación Internacional
de Planificación de la Familia (IPPF) con oficinas en EEUU [15].
¿Qué puede hacer la Iglesia para afrontar este reto? Muchos
teólogos, incluyendo profesionales en universidades católicas
importantes, no ven la verdadera situación, ya que están preocupados
en acomodar la Iglesia a la sociedad actual. Es sintomático el
hecho de que pocos moralistas han notado la forma en que la anticoncepción
lleva a una visión materialista de la vida humana.
El
Papa Pablo VI tuvo la sabiduría, el discernimiento y el coraje
para defender el valor de la persona humana al apoyar la ley moral.
Muchos teólogos creyeron que la anticoncepción no era más que
una cuestión de control natal, un asunto privado entre la pareja.
Al subrayar la dimensión ética del tema de la anticoncepción la
Iglesia enseña, que la libertad implica elecciones de las cuales
depende el valor de la naturaleza humana, la antropología y la
metafísica. Irónicamente, el libre pensador Pierre Simon dijo
lo mismo (ver notas anteriores 5 y 10).
La
visión ética de Humanae vitae está basada en una “visión
integral del hombre y de su vocación no sólo natural y terrena,
sino también sobrenatural y eterna” (no. 7). Para comprender esta
visión integral, uno debe tener en mente que “En virtud de su
unión sustancial con un alma espiritual, el cuerpo humano no puede
reducirse a un complejo de tejidos, órganos y funciones, ni puede
tasarse con la misma medida que al cuerpo de los animales, ya
que es parte constitutiva de una persona, que a través de él se
expresa y se manifiesta” [16]. Como resultado, el cuerpo humano
con sus leyes biológicas y su sexualidad no puede tratarse como
un objeto, separado del valor y el carácter trascendental de la
persona.
En
el clima moral actual, los aspectos espirituales y materiales
del hombre están enfrentados uno contra el otro. Para el hombre
actual es insoportable la limitación que el cuerpo le pone a la
libertad, una limitación que es el signo de su dependencia como
criatura. El desea hacer con su cuerpo lo que quiere. Sin decirlo,
se niega a aceptar sus limitaciones, y por ende, su dependencia
en Dios. Es significativo en esta visión, el negarse a ver su
sexualidad como un don de su Creador.
El
negarse a aceptar las limitaciones naturales es evidente, especialmente
entre los homosexuales. Es inherente de la visión mundial ateísta
que impregna nuestra sociedad [17]. La profesión médica está infectada
con esta mentalidad y es instrumental en diseminarla. El establecimiento
médico está más orientado a tratar con órganos individuales que
con el cuerpo entero; le toma mayor cuidado a los cuerpos que
a las personas. Muy a menudo la profesión médica pone al lado
su misión de cuidar de la persona integral y en cambio trata sólo
con los aspectos biológicos del cuidado, con los médicos actuando
como biotécnicos [18].
El cuerpo, la persona, y el matrimonio
Cuando
hablamos del cuerpo, debemos reconocer dos realidades, como lo
hizo San Pablo haciendo uso de dos palabras distintas. Por un
lado hay funciones pasajeras que tienen que garantizar nuestra
existencia en la Tierra, éstas son imperfectas, perecederas. San
Pablo se las adjudica a la carne (sarx). Por otro lado,
está la sexualidad, su fin determinado creado por Dios (“los creó
varón y mujer”, Gen.1:27). Esta sexualidad debe expresar la originalidad
de la persona en su totalidad y debe de transmitir la vida, gracias
al amor. Aquí San Pablo habla del cuerpo (soma), el cual
constituye el ser humano con su dignidad como persona. “Mientras
que la carne vuelve al polvo, el cuerpo es consagrado al Señor:
por ello es su dignidad incomparable” [19] --y su destino eterno.
Por
consiguiente, la unión corporal en el matrimonio no puede ser
igualada con la función biológica de los animales. La unión corporal
es el punto de partida y debe ser una expresión de unidad entre
las personas casadas. El acto conyugal debe tomar lugar de una
forma que manifieste el profundo honor hacia la otra persona,
un honor que implica al cuerpo con sus funciones más naturales.
El
propósito del acto conyugal no es equivalente entonces a la reproducción
biológica de animales, no es puramente la “propagación de la raza”.
El fin del acto conyugal es expresar el mutuo amor por medio de
una entrega total. Este amor naturalmente da fruto en la creación
de nueva vida pues el ser fecundo es propio del amor [20]. La
fecundidad es primero y ante todo espiritual, pero también se
puede manifestar físicamente y dar a luz otra persona --el niño
que es más que la suma de lo que contribuyen sus padres. Si el
niño fuera solamente la suma, entonces la fecundidad del esposo
y de la esposa sería puramente terrenal y biológica.
El niño es algo más
Sin
embargo, el niño es más que eso. Ese “algo más” le da su yo único,
su carácter trascendental. El gratuito e imprevisto “algo más”
--su alma-- es la parte que desempeña Dios en el acto conyugal.
El niño es el signo tangible de que hay algo más en cada acto
conyugal que lo que la pareja casada puso --algo que sobrepasa
el acto, la voluntad, el deseo y la intención de la pareja. El
acto posee una auto-racionalidad, una lógica interna espiritual
que se puede examinar.
Por
lo tanto, el acto conyugal tiene necesariamente un carácter sagrado
que se revela con el silencio y el misterio que lo rodea espontáneamente.
La alternativa es una falta de reverencia por la grandeza sagrada
del acto conyugal, una irreverencia que constituye una “profanación
del amor”.
Por
esa razón la ley natural prohíbe que se separen los dos aspectos
del acto conyugal: la unidad y la propagación. Esta separación
que ocurre con la anticoncepción, toca la esencia del acto conyugal
y contradice el sentido mismo del amor. Una persona que se niega
a dar, a desarrollarse, y a ser fecunda no está manifestando el
amor. El amor es genuino cuando ambos compañeros se dan completamente
el uno al otro, sin reservas y sin condiciones. El que pone condiciones
se niega a entregarse completamente.
San
Pablo dice que en el matrimonio “la mujer no tendrá potestad sobre
su propio cuerpo, sino el marido; y asimismo tampoco el marido
tendrá potestad sobre su propio cuerpo sino la mujer” (1 Cor.7,4).
Él expresa aquí la lógica de la entrega. Lo que yo doy ya no me
pertenece a mí. Así es también en el matrimonio. Solamente por
medio del don inapreciable de uno mismo puede uno poseer a otra
persona sin ataduras; o sea, sin dominarla. Este don de sí mismo
es propio de la persona humana: se recibe a sí misma al entregarse.
Así se aman entre sí las personas “a imagen y semejanza de Dios”
(Gen. 1,27), al expresar físicamente el amor que une a las Personas
Divinas juntas. Todo esto toca precisamente en la maldad del acto
anticonceptivo: a sabiendas se introduce una contradicción en
el acto de amor al separar la fecundidad, el placer y la unidad;
al tener relaciones pero cerrar el acto a la creación de la nueva
vida. De este modo el amor queda mutilado.
La abstinencia versus la anticoncepción
A
menudo, escuchamos que la Iglesia acepta los métodos naturales
para el control de la natalidad, mientras que rechaza los medios
artificiales. Esto no es cierto. La Iglesia acepta la abstinencia
sexual periódica, basada en la virtud de la castidad, pero condena
toda forma de anticoncepción [21]. La anticoncepción es “una acción
que tiene como fin hacer imposible la procreación” (Humanae
vitae, no. 14). Este no es el caso con la abstinencia periódica.
Con la abstinencia periódica, la persona es honrada en la relación
sexual --la mujer por medio de su ritmo biológico, el esposo por
medio de la esperma que da. No hay separación que perturbe la
unidad del acto conyugal, la unidad de espíritu y cuerpo. No hay
contradicción entre el fin (bueno) y los medios.
La
Iglesia considera que la anticoncepción es un desorden moral,
no por razones biológicas, ecológicas o naturalistas, ni por miedo
a la ciencia y la técnica, sino por razones espirituales, antropológicas
y metafísicas. La anticoncepción pone al hombre mismo en el papel
de señor de la vida, permitiéndole usar su cuerpo como un trozo
de materia que está sujeto a sus deseos; como a un objeto que
puede manipular como él quiera. Su deseo se basa sobre la ética
de la situación; sobre normas subjetivas.
En
cambio, en la abstinencia periódica el hombre se acepta como criatura
de Dios, sublimando su voluntad a la de su Creador. El ve su cuerpo
como un signo de su dependencia, y al mismo tiempo como un símbolo
de su trascendencia. Su deseo --que siempre es oscuro y confuso--
se somete con libertad a la ley que está escrita en su naturaleza
y por lo tanto, se vuelve un deseo razonable, verdaderamente humano.
Vemos
pues que hay dos formas de enfocar la sexualidad; dos conceptos
antropológicos y metafísicos totalmente contradictorios. “Se trata
de una diferencia bastante más amplia y profunda de lo que habitualmente
se cree, y que implica en resumidas cuentas dos concepciones de
la persona y de la sexualidad humana, irreconciliables entre sí”
(Familiaris consortio, No. 32).
Separación fatal
Al
separar lo que Dios ha unido, el amor y la fecundidad, la anticoncepción
ha dado luz a una manera deformada de pensar -la cual cuando se
sigue resulta en trágicas consecuencias.
La
primera consecuencia --la más infeliz, pero la que primero escapa
la atención-- es el ateísmo práctico. Siempre que un hombre se
sube a la altura de señor y dueño de la vida, al papel de “jefe”
de su cuerpo, deja de reconocer y confesar su dependencia en Dios.
Este hombre fantasea que él es el creador, poniéndose así
mentalmente en el trono de Dios. La persona que hace esto se vuelve
un ateo aún sin reconocerlo. Esta persona no necesita negar expresamente
a Dios; sólo necesita aceptar una premisa que es intrínsecamente
pecaminosa y materialista en vez de ser santa y espiritual.
Esto
no quiere decir que la práctica de la anticoncepción automáticamente
produce ateos. Pero la justificación de la práctica lleva a un
hombre imperceptiblemente más cerca a la manera de pensar que
resulta en el ateísmo. El Dr. Simon entendió claramente esto cuando
escribió que la anticoncepción introduce una revisión del sentido
de la vida y que “cambia a la gente, al igual que la naturaleza
de sus relaciones” [22].
Una
segunda consecuencia social infeliz de la mentalidad anticonceptiva
es que hace imposible el recibir un hijo como un don inesperado
e inmerecido de Dios. En cambio, el hijo es visto meramente como
objeto del deseo de los padres (“Yo deseo un hijo” o “Yo realmente
deseaba ese hijo”). Al no ser visto el niño como un don, sino
como “deseado” (una adquisición), es visto cada vez más como un
objeto. El valor del niño depende entonces enteramente de la voluntad
de los padres. El niño no es visto ya por lo que es: alguien que,
simplemente por el hecho de ser, requiere respeto absoluto.
Una
vez que se abraza este razonamiento equivocado hay sólo un corto
paso al aborto, especialmente cuando el niño no es “deseado”.
Trágicamente, este paso se toma sin mucha dificultad. El Dr. Raymond
Pearl de EEUU, probó en 1937 que las parejas que practican la
anticoncepción se practican de tres a cuatro veces más abortos
que las parejas que no usan anticonceptivos [23]. Un estudio de
3,500 familias en el Japón en el año 1952 demostró, que las parejas
que usan anticonceptivos abortan a sus hijos seis veces más a
menudo que las parejas que no los usan [24].
Una intromisión mutiladora
Una
tercera consecuencia: La esterilización ya no es vista como una
intromisión mutiladora en la dignidad humana y la divina providencia,
sino como un método anticonceptivo radical y definitivo. Según
la investigación del Servicio de Planificación Familiar (Family
Planning Service) en Inglaterra, el número de parejas esterilizadas
subió del 4 por ciento en 1970 al 24 por ciento en 1983. Se vaticinó
que éste porcentaje subiría al 33% en 1995 [25].
El
Papa Pablo VI señaló que la anticoncepción es ‘un arma peligrosa
en las manos de autoridades públicas”. ¿Cuántos gobiernos
en los países del Tercer Mundo promueven los anticonceptivos o
fomentan la esterilización para resolver sus problemas demográficos?
Los países ricos los fomentan, impulsados por un imperialismo
ligeramente disfrazado. “¿Quién podría reprochar a un
gobierno el aplicar a la solución de los problemas de la colectividad
lo que hubiera sido reconocido lícito para los cónyuges para la
solución de un problema familiar?” (Humanae vitae, No.
17) [26].
Una
cuarta consecuencia de la mentalidad anticonceptiva es que el
campo de la medicina se está desarrollando en una bio-tecnología
y el cuerpo médico se está volviendo una “burocracia de salud”,
responsable para la regulación de una “política de salud” formulada
e impuesta por un poder político. Pierre Simon se glorió por adelantado
sobre esta evolución, como vimos al principio de este artículo.
En
la práctica, el médico que es consultado sobre la anticoncepción
ya es un agente o un mercader, que está promoviendo un producto.
El sabe que, al recetar la anticoncepción, no está practicando
un acto médico. ¿Quién se atrevería a afirmar que el embarazo
es una enfermedad? Por el contrario, al dispensar anticonceptivos,
él está buscando hacer estéril a una mujer saludable. Mientras
tanto el doctor mina su integridad y su credibilidad como curador.
Con licencia para matar
Esto
es aún más claro en el caso del aborto. Aquí no se habla de una
acción médica, sino de un crimen que se cubre con una prenda médica,
para que sea ejecutado en un hospital o en una clínica por un
“creador de angelitos” con un diploma médico. Lo mismo se puede
decir de los implementos de tortura descubiertos por los farmacéuticos
de los gulags Soviéticos, o de los choques eléctricos administrados
bajo supervisión médica en algunos países latinoamericanos [27].
De este modo la profesión médica es reducida cada vez más a un
“instrumento” de sistemas políticos y sociales.
La
quinta consecuencia social de la anticoncepción que abordaremos
ahora comprende la separación del acto conyugal, del matrimonio
y la procreación, privándolo así de su designación como “un asunto
privado”. Al ir desapareciendo el sentido social del matrimonio,
¿ya no tendrá la comunidad nada que ver con él? ¿Por qué
hacer una distinción entre los estados de vida matrimoniales y
no-matrimoniales? ¿Por qué hablar de derechos y obligaciones
para una persona y no para la otra?
Las
relaciones sexuales fuera del matrimonio separan la procreación
de la unión corporal y reducen la sexualidad a un tema público.
Entonces, el estado y otras organizaciones se involucran para
asegurarse de que la conducta sexual esté en conformidad con el
bienestar general. Los problemas morales planteados por la fertilización
in vitro son el resultado de esta separación. Algunas personas
hasta hablan del “derecho a tener un hijo”, contra el que se opone
correctamente la instrucción de la Iglesia, Donum vitae
(II 8). De cualquier forma, parece que es inevitable que el gobierno
esté involucrado, porque la fertilización in vitro concierne
la procreación que no tiene lugar dentro del acto conyugal, sino
en un laboratorio. No es obra de una pareja casada, sino de técnicos,
y así se vuelve una materia pública sujeta a la incumbencia del
estado.
¿Por
qué no deben de haber leyes que gobiernen los bancos de esperma
y sus “donantes”, las madres que alquilan sus vientres, los embriones
congelados sobrantes, etc.? ¿En un ambiente así, bajo
cuál principio moral puede uno negar el poder del estado totalitario
para favorecer ciertos grupos raciales y étnicos sobre otros,
o deshacerse de los niños minusválidos, o de aquellos que están
en riesgo de serlo? (En muchas salas de parto belgas ésta es actualmente
la práctica.)
Conclusión
El
uso a gran escala de la anticoncepción resulta inevitable e inexorablemente
en un número de consecuencias sociales catastróficas. La integridad
del matrimonio, la procreación y el sentido mismo del amor se
divorcian del acto conyugal cuando se introducen los anticonceptivos
en una relación. Por consiguiente, los papeles fundamentales del
hombre y de la sociedad son puestos en peligro.
Por
lo tanto podemos ver la gran sabiduría de la Iglesia Católica
en mantener la ley moral de la que no se le excluye ninguna actividad
humana, ni aún la ciencia. La ciencia no es neutral. Usada apropiadamente
debe servir para el bienestar de la gente y respetar su dignidad.
La anticoncepción no es un asunto privado sin repercusiones morales
para la sociedad entera. Como hemos visto, el uso a gran escala
de los anticonceptivos impacta a fondo las mismas bases de la
cultura que los abraza. Iluminados por la enseñanza de la Iglesia,
creemos que el hombre puede volver otra vez a una práctica de
la regulación natal que respete la dignidad humana y el carácter
sagrado del matrimonio y de la vida.
Este artículo es una traducción del folleto de Thierry Dejond, S.J., Contraception:
The World, the Flesh and the Materialistic View of Man, publicado
por Human Life International. Esta obra fue originalmente publicada
por Emmaus bajo el título de Contraception: A Social Problem.
Notas:
1. P. Chanu, “La France en voie d’extinction”, from France Catholique
Ecclesia, No. 1988 (1985): pp. 3-4.
2. E. Sullerot, Pour le meilleur et sans le pire, Paris: Fayard, 1984,
p. 14, 88.
3. Paris: Ed. Magazine.
4. Ibíd., p. 13.
5. Ibíd., p. 84.
6. P. Simon, ibíd., p. 15.
7. Ibíd., p.p. 15-16.
8. M. Schooyans, Maîtrise de la vie, domination des hommes, Paris:
Lethielleux, in Culture et Vérité, Namur, 1986. “El dominio
sobre la vida conduce al dominio sobre las personas”, p. 8.
9. Es necesario dar a conocer la tremenda deshonestidad entre los profesionales
de la medicina y los biotécnicos (por un lado) y los abogados,
los moralistas, los filósofos, los sociólogos y los psicólogos
(por el otro), que tomaron parte en un congreso nacional de bioética
en Antwerp bajo la dirección de la Sra. Wivina De Meester, Ministra
de Salubridad Nacional.
10. P. Simon, op. cit., p. 16. El resultado de este cambio fue descrito
por E. Sullerot. (Véase la nota 2.)
11. Ibíd., p. 16.
12. Ibíd., p. 85.
13. Ibíd., p. 97-98.
14. Ibíd., p. 85.
15. M. Schooyans, L’avortement, approche politique, Louvain-Neuve,
1981, pp. 89-118. 16. J. Ratzinger, Instrucción Donum
vitae sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad
de la procreación: Respuesta a algunas cuestiones de actualidad,
22 de febrero de 1987, Introducción, párrafo 3.
17. Véase H. de Lubac, Le drama de lhumanisme athée, Paris:
Cerf, 1983, pp. 115-134.
18. En relación a ello lea el claro análisis de C. Bruaire en: Une éthique
pour la médicine, Paris: Fayard, 1978.
19. X. Leon-Dufour. art. Corps, en: Vocabulaire de Théologie biblique,
Paris: Cerf, 1970, col. 212.
20. “La fecundidad es el fruto y el signo del amor conyugal, el testimonio
vivo de la entrega plena y recíproca de los esposos... [ésta]
no se reduce sin embargo a la sola procreación de los hijos...
se amplía y se enriquece con todos los frutos de vida moral, espiritual
y sobrenatural que el padre y la madre están llamados a dar a
los hijos y, por medio de ellos, a la Iglesia y al mundo
(Familiaris consortio, 28).
21. La continencia periódica no es un método de anticoncepción. De hecho,
no se efectúa ningún acto que pretenda alterar la estructura normal
del acto conyugal. Sin embargo, es evidente que esta continencia
puede servir al amor y honrar a las personas sólo si se realiza
de manera no egoísta, como todas las demás virtudes. Karol Wojtyla
escribe: “usar mal la continencia periódica durante los períodos
fértiles para evitar completamente la procreación equivale al
uso antinatural del método natural” (Amor y responsabilidad,
Ed. du Dialogue. Paris: Stock, 1978, p. 229).
22. Véanse las notas 10 y 12.
23. R. Pearl, The Natural History of Population, Health Clark, Oxford,
1937, p. 22.
24. Véase J. Toulat, Contraception and Violence, Paris: Pygmalion,
1980, pp. 158-164. 25. Le Journal du Médicin, No.
329, 4 de marzo de 1987, p. 12.
26. Hay mucha información acerca de esta planificación mundial y tecnocrática
en la obra de M. Schooyans L’avortement, approche politique,
Louvain-la-Neuve 1981.
27. M. Schooyans, op. cit., pp. 171-172.
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