La
mentalidad anticonceptiva y el aborto
Donald
DeMarco, PhD
¿La
anticoncepción es la respuesta al aborto?
Hoy
se habla mucho de hacer aún más accesibles a los anticonceptivos
de lo que ya son, especialmente para los adolescentes. El propósito
principal de esta gran accesibilidad, se dice que es la reducción
de la incidencia de abortos.
Verdaderamente
todo el mundo, aún quienes aprueban el aborto por una u otra causa,
reconocen que esta eventualidad trae consigo consecuencias poco
deseables. Con la esperanza de evitar los abortos, o al menos
reducir su número, mucha gente aconseja el uso de anticonceptivos.
Por ejemplo, en el Canadá, el editor de la sección religiosa del
Toronto Star, apoya la decisión del Sínodo de la Iglesia Anglicana
de Canadá de desarrollar y alentar más la educación de adolescentes
sobre los anticonceptivos en las escuelas. En su columna del 12-6-82
Tom Harpur declara: “Sin duda alguna, oponerse al aborto por un
lado y por otro oponerse ferozmente a la educación sexual y a
los muchos métodos anticonceptivos que podrían evitar embarazos
no deseados, como hacen muchos grupos religiosos, parece un error
ilógico y frecuentemente trágico.”
Muchos
creen que la anticoncepción es la forma simple y sensata de evitar
embarazos no deseados en adolescentes y así eliminar la necesidad
de abortar. La Dra. Carol Cowell, Jefa de Pediatría y Ginecología
de adolescentes del hospital para niños enfermos de Toronto, quiere
que se coloque información sobre los anticonceptivos en lugares
frecuentados por adolescentes. Una autora norteamericana dice:
“La información sobre el control de la natalidad y su disponibilidad
debe estar al alcance de los adolescentes cuando los deseen, no
por medio de sus padres sino a través del servicio de salud de
la escuela o del médico familiar”. Otra autora cree que la anticoncepción
debe ser vista como algo natural, y debe formar parte del estuche
de cosméticos de una adolescente. Por otra parte, la Federación
de Paternidad Planificada de Estados Unidos se opone activamente
a un proyecto de regulación gubernamental que ordena informar
a los padres cuando a un adolescente se le recetan anticonceptivos.
Similares puntos de vista se exponen en toda Norteamérica y mucha
gente los acepta sin pensarlo detenidamente.
Aún
más, el hecho de que pensadores competentes encuentran razones
para oponerse a la propaganda de la gran disponibilidad de anticonceptivos,
particularmente para los adolescentes, es por sí sólo un indicador
de que este tema debe ser estudiado a fondo. Consideremos, por
ejemplo, la declaración hecha por el investigador Kinsgley Davis
en su reporte a la “Comisión de Crecimiento de Población y el
Futuro Americano”, sobre el tema de la ilegitimidad: “La creencia
común de que la ilegitimidad se reducirá si a las adolescentes
se les proporciona un anticonceptivo efectivo, es una extensión
del mismo razonamiento que creó el problema en primer lugar. Esto
refleja una repugnancia a encarar problemas de control y disciplina
social, mientras se confía en dispositivos tecnológicos para sacar
a la sociedad de su atolladero. Lo irónico es que el aumento de
la ilegitimidad ocurrió precisamente mientras la anticoncepción
se difundía más y se hacía mas respetable.” En síntesis, a más
anticoncepción a más ilegitimidad.
Si
la gran difusión del uso de anticonceptivos ha traído más ilegitimidad,
y si esto ha procurado a la sociedad una verdadera plaga de enfermedades
venéreas, con todas sus consecuencias, debemos examinar bien la
constantemente repetida pero aún no substanciada declaración,
de que un mayor uso de anticonceptivos reducirá la incidencia
del aborto.
La
mentalidad anticonceptiva
La
anticoncepción consiste en evitar por medios mecánicos o químicos
la posible consecuencia natural y procreadora de una relación
sexual: la concepción. El propósito de la anticoncepción es separar
el acto sexual de la procreación, y así los partidarios de la
anticoncepción pueden disfrutar los placeres del sexo, sin el
molesto o incómodo temor de que su actividad sexual pueda conducir
a engendrar a otro ser humano.
La
“mentalidad anticonceptiva” tiene lugar cuando esta separación
(acto sexual y procreación) se da por segura y los que emplean
estos métodos sienten que al usar anticonceptivos quedan liberados
de toda responsabilidad por una concepción resultante de un fallo
en el método. Para muchos la anticoncepción equivale a “ser responsable”
y, aún más, es lo que llaman “paternidad responsable”. La mentalidad
anticonceptiva implica que una pareja no sólo tiene los medios
para separar el acto sexual de la procreación sino también el
“derecho” y la responsabilidad de hacerlo.
La
primera persona en fijar su atención en la mentalidad anticonceptiva
y ofrecer pruebas estadísticas de su existencia, fue el sociólogo
Jesuita Stanislas de Lestapis. En su libro La Limitation des
Naissances, publicado en 1960, proporciona datos sociológicos
que indican la presencia de lo que él llama “estado mental”.
A
principios de los años 30, el historiador Christopher Dawson expresaba
el temor de que la anticoncepción se convirtiera en una amenaza
al matrimonio. Apuntaba la necesidad de espiritualizar la sexualidad
para preservar su verdadero significado. Sin embargo, Dawson fue
considerado como un alarmista por expresar tales puntos de vista.
También en los años 30 el Dr. Paul Popenoe se quejó en su libro
Matrimonio moderno de las dificultades reales del matrimonio que
fueron “intensificadas por una propaganda emocional, en su mayor
parte asociada con los inicios del movimiento de control de la
natalidad”. Popenoe dijo: “Por un cuarto de siglo, Estados Unidos
fue acometido por una propaganda que explicaba por qué era un
error tener una familia grande, cuál era el peligro de dar a luz
a un niño, así como la desventura de tener un niño no deseado
(sin pensar mucho en por qué no es deseado)... Uno pensaría que
los niños son una desventura; que cuanto menor número de hijos,
mejor y que cada hijo adicional era para la madre un paso hacia
el sepulcro, para el padre un paso a la bancarrota y para ambos
un paso a la miseria”.
Al
paso del tiempo una variedad de pensadores razonaron sobre el
desarrollo gradual de la mentalidad anticonceptiva y expresaron
su crítica. Entre estos pensadores hay diversas personalidades
como el humanista filósofo sociólogo Max Horkheimer, fundador
de la escuela Frankfurt en Alemania y el Cardenal católico Suenens,
de Bélgica, quien declaró que “la inestabilidad de la vida familiar
y el perturbador incremento del divorcio pueden, por supuesto,
tener su origen en el efecto corrosivo y destructivo de la anticoncepción”.
No
cabe duda de que la anticoncepción ha llegado a ser una característica
dominante del comportamiento sexual en el mundo occidental. En
Estados Unidos en 1975 diez millones de mujeres estaban usando
la píldora (64 millones de recetas anuales); en 1974 dos millones
estaban usando el ahora proscrito Dalkon Shield (protector Dalkon)
mientras las ventas de preservativos alcanzaron los $150 millones
por año. A mediados de los años 70, 40 millones de mujeres en
todo el mundo estaban usando anticonceptivos orales (nos referimos
a un solo tipo de anticonceptivo). En Inglaterra, en 1972, el
informe del Royal College of Obstetricians and Gynecologists declaró
que: “más del 90% de las parejas casadas han practicado la anticoncepción
en alguna forma, en algún momento de su vida matrimonial.”
Germaine
Greer, notable feminista, observó que en Australia las madres
ponen una píldora en el té de las hijas entre los 12 y 13 años.
En India se despachan avisos e información sobre los anticonceptivos
en las latas de leche. En el Canadá el 24% de todas las mujeres
entre los 18 y los 44 años toman píldoras anticonceptivas desde
1976.
Claramente
la “mentalidad anticonceptiva” ha alcanzado una aceptación casi
global y continúa extendiéndose, especialmente entre los jóvenes.
La
anticoncepción y el aborto
En
sus estudios sobre la historia del movimiento del control de la
natalidad en la sociedad estadounidense, el autor James Reed mantiene
que el principal obstáculo para una mayor aceptación de la anticoncepción
fue menos tecnológico que psicológico. Similarmente argumenta
que el desarrollo de la píldora y otros dispositivos anticonceptivos,
obedece más a cambios en los valores sociales que a las oportunidades
tecnológicas. Esta barrera psicológica fue causada primeramente
por el efecto de una intensa propaganda que cuidadosamente evita
o suprime el hecho de que la anticoncepción incluye la posibilidad
del aborto. Esto lo revelan sólo cuando el público está listo
para aceptar el aborto.
En
Estados Unidos dos organizaciones muy poderosas, American Civil
Liberties Union (ACLU) y la International Planned Parenthood Federation
(IPPF) que trabajaron juntas, mano a mano, para establecer el
“derecho” a la anticoncepción que llegó a ser ley en 1955. Así
ayudaron a establecer la mentalidad anticonceptiva como una característica
importante de la forma de vida estadounidense. Significativamente,
ambos grupos aparentemente ven el aborto como un objetivo no deseable.
Ellos creen que un incremento en la práctica anticonceptiva resulta
en una disminución de los abortos.
Pero
en sus campañas públicas para promover la anticoncepción no apoyaban
el aborto no porque sus líderes se opusieran a éste, sino porque
el público no estaba listo para la propaganda pro-aborto.
Margaret
Sanger, la fundadora de Paternidad Planificada, filial de la IPPF
en Estados Unidos, apoyó el aborto en su edición de Family Limitation,
declarando que “nadie puede dudar que el aborto es justificable.”
Pero su colega Havelock Ellis ayudó a persuadirla de que cambiara
su postura sobre el tema, aconsejándole perspicazmente que “el
derecho a crear o no crear nueva vida” era mejor propaganda que
“el derecho a destruir”. Como resultado, empezó a usar el aborto
como una palanca para hacer la anticoncepción más aceptable, argumentando
que esto pondría el fin al aborto. Los abortos son “salvajadas”
exclamó luego y clasificó este infanticidio como el “asesinato
de bebés”.
En
1961, Alan Guttmacher, presidente de Paternidad Planificada, escribió
sobre el origen de la vida humana: “Una vez que ocurre la fertilización,
un bebé ha sido concebido.” Esta observación era consistente con
la que había hecho en una obra anterior, Teniendo un Bebé (1947),
donde se refirió al ser que es producto de la fertilización como
“el nuevo bebé que es creado en ese momento preciso”. Pero en
1968, cuando era presidente internacional y el momento era propicio
para apoyar el aborto, cambió su táctica y declaró que “mi sentir
es que el feto, particularmente durante su vida intrauterina,
es simplemente un grupo de células especializadas que no difieren
materialmente de otras células”.
El
movimiento feminista puso en marcha el punto de vista de la “liberación”
de la mujer que incluía el “derecho” al aborto; esto tuvo un impacto
decisivo sobre la ACLU, la cual adoptó una postura pro aborto
y envió a su mejor abogado constitucional al Tribunal Supremo
de Estados Unidos para obtener la legalización del aborto durante
el primer trimestre. La bien publicada noticia de los peligros
de los anticonceptivos orales, condujo a muchas mujeres a abandonar
el “anticonceptivo ideal” y recurrir a medidas anticonceptivas
menos efectivas o a correr el riesgo de un embarazo indeseado.
La
llamada “explosión demográfica” dio lugar a un pánico retórico
que fue extensamente aceptado sin más cuestionamientos por los
medios de comunicación. El historiador James Hitchcock hizo la
observación: “El control de la población fue presentado en innumerables
artículos y transmisiones de radio y televisión, como un imperativo
que no podría ser negado ni puesto en peligro. Esto pronto llegó
a ser uno de los nuevos valores morales (absolutos), y empezó
a esparcirse como una ortodoxia de caracter vasto.”
Estos
cuatro eventos están intrínsicamente entrelazados. El rechazo
de los valores tradicionales fue el método preferido para separar
el sexo del matrimonio, de los hijos y de la religión, o sea,
se intentó hacer del sexo algo más “personal” o, usando el lenguaje
jurídico algo “privado”. Esta preferencia les vino bien a las
feministas que estaban exigiendo la “liberación” para proceder
independientemente de cualquier expectativa o valor tradicional,
hacia una “liberación” que estuviese puramente sujeta a las condiciones
individuales de las mujeres. La necesidad de un anticonceptivo
“seguro” y eficaz fue un objetivo crucial y obvio a lo largo del
camino hacia la “liberación” personal y sexual.
Obsérvese
que la decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos, Griswold
v. Connecticut, estableció el “derecho” a la anticoncepción basándose
en el “derecho a la privacidad”. Esto fundamentó la base filosófica
usada en Roe v. Wade en 1973, para legitimizar el aborto durante
el primer trimestre. En el fallo del Tribunal en 1973, el juez
Douglas escribió: “nos ocupamos de un “derecho” a la privacidad
más antiguo que la Declaración de Derechos (Bill of Rights), más
antiguo que nuestros partidos políticos, y más antiguo que nuestro
sistema escolar.”
La
píldora fue vista también, como una forma de resolver la “crisis
de la población” y este hecho forma parte de la mentalidad de
quienes influyeron en la aprobación de la distribución extensa
de la píldora. Louis Hellman, Presidente del Comité Consultores
de la Administración de Alimentos y Fármacos sobre Obstetricia
y Ginecología (Food and Drug Administration's Advisory Committee
on Obstetrics and Gynecology), interpretó la ley que permite la
distribución de píldoras --a pesar de la advertencia de la comunidad
científica de que no era segura para algunas mujeres-- ponderando
el aspecto social contra el riesgo individual. Hellman testificó
ante el congreso sobre “anticonceptivos orales” (22-1-70) que
él había elegido la píldora porque “la amenaza del crecimiento
de la población” era “real para todo individuo en este país.”
Sin embargo se demostró que la píldora, que produce una situación
de enfermedad en millones de mujeres, no era la aliada que se
suponía que fuese en la búsqueda feminista de la “liberación”
sexual.
La
mentalidad abortiva
Los
promotores de la mentalidad anticonceptiva se desalentaron cuando
los signos del fracaso anticonceptivo aparecieron por todas partes.
Este fallo pareció crear en ellos sólo una mayor dedicación a
los mismos principios que produjeron tan desalentadoras consecuencias.
Una encuesta hecha entre 1965 y 1970 por sociólogos de Princeton,
reveló una falla en los anticonceptivos de aproximadamente un
34%. De un 4 a un 5% de los usuarios de la píldora o el DIU (dispositivo
intrauterino), experimentaron fallas a la hora de evitar un embarazo
no deseado. Pero un 10% de los usuarios de preservativos, 17%
de los usuarios del diafragma y un 40% de los usuarios de duchas,
también tuvieron la misma falla. En respuesta a este estudio,
el vice-presidente de la Paternidad Planificada, Frederick Jaffe,
declaró: “Para hacer frente a esta epidemia necesitamos nuevos
métodos de control de la concepción más efectivos y aceptables
que la píldora, una mayor prioridad para el programa y más recursos
financieros para la investigación biomédica”. La nueva forma del
control de la concepción, sin embargo, inevitablemente significaba
el aborto en una escala mayor que nunca antes.
A
medida que circuló el aviso anunciando el serio y alto riesgo
de la píldora, las publicaciones médicas y científicas produjeron
una pequeña marejada de estudios explicando los diversos factores,
lo que provocó el rechazo y desuso del anticonceptivo. El libro
de Kristin Luker Tomando riesgos: El aborto y la decisión de no
concebir (1975) presentó el cuadro más claro y suplió la documentación
más completa del por qué las mujeres rutinariamente optan por
no concebir. La socióloga Luker descubrió que, dados todos los
“costos” personales, emocionales, médicos y psicológicos de la
anticoncepción, era completamente racional que la mujer se apartase
de la anticoncepción y se arriesgase a tener un embarazo no deseado.
Luker concluyó que el fracaso de la anticoncepción hace forzosa
la aceptación total del aborto: “Deberíamos argumentar que ya
que el aborto ha sido un método primario de control de la fertilidad,
debería ser ofrecido y subsidiado exactamente en la misma forma
que los otros servicios anticonceptivos.”
El
señalamiento de Luker es ahora rutinariamente confirmado por el
gobierno. En Estados Unidos se exige que con cada paquete de píldoras
venga una explicación detallada (de dos páginas) sobre los peligros
de la píldora, en un lenguaje fácil de entender. Significativamente,
se incluye una gráfica explicativa de que los métodos extremos
(aborto), suponen o plantean los menores riesgos para cualquier
edad en caso de fracaso.
En
el Canadá, el gobierno patrocina el Badgley Report (1977) que
muestra que el 84.8% de las mujeres que han abortado tienen experiencia
en el uso de anticonceptivos. Otra publicación patrocinada por
el gobierno, es un folleto sobre “educación” sexual titulado “El
control de natalidad y el aborto” (1976), y presenta el aborto
como un adjunto inevitable si falla la anticoncepción: “Mientras
los métodos anticonceptivos no sean 100% efectivos y seguros,
y mientras las mujeres deseen controlar su fertilidad, la demanda
de abortos continuará...Hoy el aborto es el método de control
de la natalidad más usado en el mundo.”
En
la reunión anual de la Fundación Nacional del Aborto (1982), Phillip
Lee M.D. pronosticó que en los próximos años, del 50 al 60% de
todos los abortos serían practicados repetidamente sobre los mismos
clientes. Además expresó que aún “el uso consistente de métodos
anticonceptivos considerados como los más confiables, producen
un porcentaje nada insignificante de fallos”.
El
bioestadista Christopher Tietze calcula que de un 2 a un 5% de
las mujeres que usan la píldora con un grado razonable de motivación,
son suceptibles de tener otro aborto al año del primero y que
entre un 20 y un 50% experimentará un embarazo no planeado en
los 10 años siguientes al primer aborto. Un estudio comparativo
de dos grupos de adolescentes sexualmente activos, mostró un incremento
del 53.3%, dentro del grupo del año 1976 que usaron anticonceptivos
cada vez que el acto sexual ocurrió, comparados con los del grupo
de 1971. Sin embargo, el porcentaje de embarazos prematrimoniales
para el primer grupo fue un 45% más alto debido a que el porcentaje
de relaciones sexuales prematrimoniales se había elevado en un
41% en esos cinco años.
Todo
lo anterior, muestra que mientras la mentalidad anticonceptiva
continúe, más y más adolescentes aceptarán las insinuaciones diseminadas
por la cultura anticonceptiva y participarán en aventuras sexuales
prematrimoniales. En otras palabras, una mentalidad anticonceptiva
penetrante e incontrolada crea una mayor clientela susceptible
a la experimentación sexual y a todos los males que esta actividad
produce: embarazos indeseados, ilegitimidad, abortos, enfermedades
venéreas, promiscuidad, cáncer cervical, problemas de reproducción,
esterilidad, explotación sexual y muchos más. En una palabra,
mientras más tropas se manden a la batalla, más bajas se sufrirán.
Un uso extenso de los anticonceptivos conduce a más abortos.
Proponer
la mentalidad anticonceptiva como método para combatir la mentalidad
abortiva es confundir la causa con el efecto. Es como tratar de
apagar un incendio con fósforos. La mentalidad anticonceptiva
no es la cura, sino la causa de la mentalidad abortiva.
Todo
lo anterior ha sido ampliamente demostrado a través de innumerables
estudios. En Inglaterra, por ejemplo, la Comisión Real sobre
Población, observó que en 1949 el número de abortos provocados
era 8.7 veces más alto entre parejas que habitualmente practicaban
la anticoncepción que entre aquellas que no lo hacían. En Suecia,
luego que la anticoncepción fue totalmente sancionada por la ley,
los abortos legales se incrementaron de 703 en 1943 a 6,328 en
1951. En Suiza, donde la anticoncepción casi no tenía restricción,
se estimó que los abortos igualaron o excedieron en número a los
nacimientos en 1955, y así sucesivamente. Tales cifras ofrecen
una evidencia palpable de la denuncia que de Lestapis hizo en
1960, es decir, que el incremento de la anticoncepción no reduce
la incidencia de abortos. En realidad, la anticoncepción tiende
a establecer un “estado de mente anticonceptivo”, y conduce a
absolver de responsabilidad por la concepción, lo que a su vez
conduce a más abortos. Consecuentemente Joseph Boyle pudo escribir
en su artículo “La anticoncepción y la planificación natural de
la familia” que “...El aprobar la anticoncepción conduce --aunque
no en una forma directa y lógica-- a aceptar el aborto. La anticoncepción
es un intento para evitar el surgimiento de la vida, y quien está
en contra de la vida, es probable que permanezca en contra de
ésta si una nueva e indeseada comienza. La determinación de evitar
la llegada de un niño es a menudo lo suficientemente fuerte como
para eliminar al niño cuya concepción no fue evitada.”
La
Dra. Wanda Poltawska, psiquiatra y Directora del Instituto de
Matrimonio y Familia en Cracovia, Polonia, escribe: “Paradójicamente,
mientras a la anticoncepción se le daba luz verde, el número de
abortos se incrementó. Parece obvio que dondequiera que la mentalidad
anticonceptiva prevalece, el aborto será el resultado lógico del
fracaso de los métodos anticonceptivos. Por lo tanto, en países
que admiten la anticoncepción para uso general, el incremento
del número de abortos obliga a las autoridades a hacerlos legales.
Esta segunda luz verde elevó el número de abortos a millones y
millones cada año.”
En
vista de las cifras señaladas por de Lestapis, y las tomadas de
otras fuentes, John T. Nooman, (en su ampliamente aclamado libro
sobre la historia de la anticoncepción), hizo la observación de
que “era dañino crear la idea de que los hijos debían evitarse”.
Esto es cierto, un médico Australiano R.S.J. Simpson, señaló que
“la aceptación de la anticoncepción lleva consigo la certeza de
que pronto tendrá que enfrentar una amplia fila de males individuales,
familiares y comunales que son las consecuencias inevitables de
una mentalidad anticonceptiva.”
Es
importante recordar que el corazón o centro de la mentalidad anticonceptiva
es un temor a algo que es perfectamente natural: los bebés. La
mentalidad anticonceptiva actual, hace que este punto sea difícil
de recordar puesto que el clamor popular de permitir a los adolescentes
usar anticonceptivos cuando fornican, se basa en un deseo comprensible
de reducir la incidencia del aborto en los adolescentes. Pero
la raíz histórica del problema, lo que ha conducido a la crisis
de los adolescentes, es el temor de las parejas casadas a que
los actos sexuales fructifiquen. La raíz anti bebé fue traída
a colación en forma sorpresiva cuando G.D. Searle y compañía estaba
tratando de introducir en el mercado turco su anticonceptivo.
El principal obstáculo fue el hecho de que no había una palabra
para la anticoncepción en el lenguaje turco; por lo que la píldora
fue introducida bajo el equivalente de “la píldora para no tener
bebés.” Una ilustración más alarmante y directa de la esencia
anti bebé se ofreció en Montreal por la Dra. Lise Fortier en 1980,
en la reunión de la Federación Nacional del Aborto. Durante el
banquete la Dra. Fortier declaró que “todos y cada uno de los
embarazos amenazan la vida de las mujeres, y desde un punto estrictamente
médico, cada embarazo debería ser abortado.”
La
mentalidad anticonceptiva, que comienza con la disociación del
acto sexual de la concepción, lógica e inevitablemente resulta
en la disociación de la concepción de la vida. Como Malcolm Potts,
primer director médico de la Federación Internacional de Planificación
de la Familia, acertadamente, a pesar de su postura a favor de
la anticoncepción, predijo en 1973: “Conforme la gente practique
la anticoncepción; habrá un aumento y no una baja, en el porcentaje
de abortos.” Era una predicción fácil a la luz de lo que había
ocurrido en otros países. Para citar un ejemplo más, la investigación
japonesa ha mostrado que las mujeres que han usado anticonceptivos,
se practican seis veces más abortos que las otras.
El
remedio
En
efecto, hay acuerdo universal sobre que el aborto es altamente
indeseable; pero repetidamente, como se mostró anteriormente,
los oponentes del aborto, víctimas de la mentalidad anticonceptiva,
defienden la indefendible tesis de que la anticoncepción reducirá
los abortos. Sólo hay una forma de reducir el aborto: reduciendo
su causa; la mentalidad anticonceptiva. Sólo se puede reducir,
reconociendo que la procreación es buena, y repudiando la negación
violenta de que en efecto es buena. Es seguramente ilógico y poco
realista tratar de establecer una verdadera civilización humana
en la cual cada ser humano tenga el derecho a vivir, si se propone
la idea de reducir los abortos y al mismo tiempo se mantiene la
convicción de que la consecuencia natural y procreativa del acto
sexual no es buena. No podemos restaurar la civilización simplemente
eliminando algo que es malo; ésta puede ser restaurada solamente
cuando amemos y abracemos lo que es fundamentalmente bueno. Empecemos
a construir una civilización humana no hacia atrás y desde las
cenizas de una civilización calcinada, sino hacia adelante y desde
la comprensión de que una nueva vida es un bien.
El
filósofo existencialista ruso, Nicolás Berdyaev, está en lo correcto
al decir que “si no se diera a luz, la unión sexual degeneraría
en algo inmoral. Es precisamente la posibilidad de invocar una
nueva vida lo que eleva el acto sexual a un nivel supra personal
y trascendente, y da a la pareja la seguridad de que su compromiso
es verdaderamente compartido y no algo que pertenece exclusivamente
a uno o al otro.”
Dicho
en otra forma; es mucho más lógico y realista provocar un cambio
completo en la sociedad al enseñar a los hombres a ser virtuosos,
puesto que la virtud es la perfección de algo natural, que provocar
la misma revolución o cambio, siendo indiferente a la virtud y
tratando de suprimir las malas consecuencias de los vicios del
hombre a través de invenciones tecnológicas. Esto no quiere decir
que se llega a una sociedad virtuosa o civilizada fácilmente,
en realidad su logro demanda el desarrollo y la fusión de intereses
de todos los hombres talentosos. Esta es la única forma lógica
y realista. La conclusión esencial de Huxley, Orwell y otros,
fue que el enfoque tecnológico y amoral, produce una pesadilla
social deshumanizada.
Si
se lee el libro de Westhoff, From Now to Zero (1968) veremos que
escribe líricamente sobre la “sociedad perfecta anticonceptiva”
y describe la anticoncepción como “completamente efectiva” y “completamente
aceptable”, el lector sensato no queda impresionado con el realismo
del autor, sino que por el contrario, se confunde con el desconocimiento
aparente y total de la vida real y de la naturaleza de la condición
humana. En verdad, la sociología moderna es en este aspecto indistinguible
de la ciencia ficción (es decir, de la mala ciencia ficción).
El
hombre realista descubre que el placer sexual separado de la procreación
no brinda la felicidad que promete, debido a que falla al no corresponder
a las reglas interiores de la sexualidad. Estas reglas demandan
entereza, integridad, entrega y fructificación. No importa cuán
gratificante pueda ser una relación sexual recíproca. Si el drama
y misterio de la procreación no se celebra, al menos simbólicamente,
las personas (parejas) se desilusionarán el uno del otro, e inevitablemente
pondrán su interés en otros con la secreta esperanza de que la
próxima vez encontrarán una relación que les brinde la profunda
realización que ellos buscan.
El
realista se interesa en las dificultades de enseñar o vivir bajo
principios, combatidos por los poderes más influyentes de la sociedad.
Aunque en principio estos poderes no nos impiden distinguir por
una parte entre la verdadera naturaleza de nuestra responsabilidad
sexual y por la fraudulencia de la mentalidad anticonceptiva común
por la otra parte, si hacen las cosas más difíciles. Con todo,
una distinción clara entre la realidad y el engaño sería suficiente
para inaugurar una revolución moral.
Se
cuenta la historia de un grupo de pescadores que estaban preocupados
por la merma en su recolección de almejas. Cuando supieron que
su cosecha estaba siendo destruida por estrellas de mar, aplicaron
una solución razonable al problema; transportaron las estrellas
al bote, las cortaron a la mitad y las devolvieron al mar. A pesar
de esto, quedaron asombrados al descubrir que mientras más estrellas
de mar ellos seccionaban, más almejas perdían. Su error fue el
no entender la naturaleza real de su enemigo, ya que las estrellas
de mar tienen la capacidad de regenerarse, los pescadores en realidad
aumentaron su problema creyendo que lo solucionaban. En efecto,
ellos mismos llegaron a ser sus propios enemigos.
Esta
historia es una parábola para combatir el aborto. En la medida
que el aborto tenga éxito en la mentalidad anticonceptiva, nosotros
lucharemos en su contra de forma realista trabajando para eliminarla
en vez de redoblar esfuerzos para intensificarla. Pero este primer
paso --la evaluación real del enemigo-- es un paso que la sociedad
aún no ha tomado. En verdad, en este momento la mayoría de los
indicadores muestran que esta mentalidad preferiría “ser destruida
antes que cambiar”.
Donald
DeMarco, Ph.D. es profesor asociado de filosofía del St. Jerome
College, en Ontario, Canadá. Ha escrito cientos de artículos y
varios libros.
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