En obediencia a Cristo: Una Carta Pastoral a los matrimonios y a los médicos sobre
el tema de la anticoncepción
Mons.
Glennon P. Flavin,
Obispo
de la Diócesis de Lincoln, Nebraska, EEUU
Como
Obispo de la Iglesia Católica y como sucesor de los Apóstoles,
mi primer deber es enseñar “la fe Católica que nos viene de los
Apóstoles”. Como Obispo de la Diócesis de Lincoln, mi responsabilidad
para con Dios y con ustedes es, en las palabras de San Pablo a
Timoteo, “Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo;
arguye, enseña, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Tim
4,2).
Hoy vivimos
en lo que exactamente pudiéramos llamar una “cultura anticonceptiva”.
El uso de anticonceptivos es usado en gran escala. Aún algunas
parejas católicas usan estos métodos para impedir la concepción
y algunos médicos católicos no dudan en recomendarles este uso
del control de la natalidad y hasta recetan anticonceptivos. Para
no faltar a mi deber con Dios y con ustedes, estoy obligado a
escribirles esta carta pastoral a ustedes, a los matrimonios católicos
y a los médicos católicos de la Diócesis de Lincoln, y recordarles
que el evitar los nacimientos por medios artificiales es contrario,
en forma grave, a las enseñanzas de Dios y de Su Iglesia, de la
cual somos miembros.
Para
tener fe cierta en relación con el uso del matrimonio, y sin duda
en reacción a todas las enseñanzas de la Iglesia Católica, debemos
entender la naturaleza de la Iglesia. Nuestro Señor, la Segunda
Persona de la Santísima Trinidad, que se Encarnó, vino a la tierra
hace casi veinte siglos no solamente para redimirnos con su Pasión,
Muerte y Resurrección, sino también para enseñarnos cómo debemos
vivir nuestra vida para estar con Él en el Cielo por toda la eternidad.
Antes
de ascender al Cielo, Cristo fundó Su Iglesia, por medio de la
cual permanecería con nosotros hasta el fin de los tiempos, y
por medio de la cual Él continúa enseñando, guiando y santificando
a la humanidad hasta el fin del mundo. Él escogió a San Pedro
como la cabeza visible de su Iglesia. Le dijo a Pedro: Tú eres
piedra y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia (Mat 16,18). A
Pedro, el Buen Pastor, le confió Su rebaño: “Alimenta mis ovejas”
(Jn 21,17). A Pedro y a los otros Apóstoles Él les dio el mandato:
“Id a enseñar a todas la naciones. Yo estaré con vosotros siempre
hasta el fin de los tiempos” (Mt 28,29).
Cristo,
que no puede engañarse ni engañarnos, porque Él es Dios, está
hoy en el mundo como lo prometió, enseñándonos por medio de Su
Iglesia lo que debemos creer y cómo debemos vivir; y la voz de
Su Iglesia es el Sucesor de San Pedro, ahora el Papa Juan Pablo
II. Esta es nuestra fe Católica: Creemos que cuando el Papa Juan
Pablo II enseña sobre cuestiones de fe y de moral, la Iglesia
enseña y cuando la Iglesia enseña, Cristo Dios hecho hombre, enseña.
Por lo
tanto, los que hemos sido bendecidos con el don de la fe católica,
no podemos dudar de la inmoralidad de la anticoncepción. La Iglesia
Católica claramente enseña que el uso de anticonceptivos en todas
sus formas, incluyendo la esterilización directa, es gravemente
inmoral, es intrínsecamente mala y contraria a las leyes de la
naturaleza establecida por Dios. Esta es y ha sido la enseñanza
ininterrumpida de la Iglesia Católica desde el principio.
La prohibición
de la anticoncepción no es una ley de disciplina de la Iglesia,
como la abstinencia de carne los viernes, la cual la Iglesia puede
decretar y puede dispensar por una buena razón, sino que es una
Ley Divina que la Iglesia no puede cambiar como no puede cambiar
la Ley de Dios que prohíbe matar. La anticoncepción no es mala
porque la Iglesia dice que es mala (era mala antes de que Cristo
estableciera la Iglesia); es mala porque Dios mismo, por medio
de la revelación de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, ha declarado
que es mala. Porque la anticoncepción es intrínsecamente mala,
nunca puede practicarse por ninguna razón, no importa cuán buena
y urgente. Un fin bueno nunca justifica un medio malo.
Los médicos
católicos y otros que prescriben anticonceptivos o recomiendan
su uso son cooperadores con los que los usan y tal cooperación
es pecado grave. Lo mismo se aplica a los médicos que aconsejan
la esterilización anticonceptiva, o practican este procedimiento,
o refieren una persona a otro médico con este fin; haciendo esto,
también cometen un pecado grave.
Debería
ser obvio que los católicos que practican la anticoncepción y
aquellos que cooperan con ellos en sus actos inmorales, no pueden
recibir la Sagrada Comunión sin cometer sacrilegio. Solamente
la digna recepción del Sacramento de la Penitencia que requiere
verdadero arrepentimiento por el pecado y la sincera intención
de no continuar la acción pecaminosa, traerá el perdón de Dios,
restaurará la gracia al alma y la hará digna de recibir a Nuestro
Señor en la Sagrada Comunión.
Hace
cuatro años el Papa Juan Pablo II, en su discurso a los Obispos
de los Estados Unidos reunidos en Los Angeles, declaró muy directamente:
“Se está notando que hay una tendencia de parte de algunos católicos
a ser selectivos en su adherencia a las enseñanzas morales de
la Iglesia. Algunas veces se proclama que el disentir del Magisterio
de la Iglesia es totalmente compatible con ser un ‘buen católico’
y que no presenta ningún obstáculo para la recepción de los Sacramentos.
Esto es un grave error...”
Mientras
que la anticoncepción es siempre inmoral, hay una manera moralmente
aceptable para que los matrimonios puedan espaciar el nacimiento
de los hijos. Por razones graves y suficientes, los esposos pueden
regular los nacimientos absteniéndose del acto matrimonial durante
los períodos, fáciles de identificar, de la fertilidad de la esposa.
Esta práctica es conocida como la planificación natural de la
familia; recientes investigaciones científicas han refinado tanto
los métodos de planificación natural que hoy los matrimonios pueden
espaciar sus hijos de maneras que son total confiables, médicamente
seguras y moralmente aceptables.
Por toda
nuestra Diócesis se han establecido ocho centros de planificación
natural de la familia para enseñar a nuestros matrimonios católicos
y tenemos planes para establecer centros adicionales. Tenemos
maestros entrenados en cada uno de estos centros. Nuestro periódico
diocesano publica habitualmente el número telefónico y el horario
de estos centros.
Queridos
esposos católicos, no puede haber verdadera felicidad en sus vidas
a menos que Dios sea parte muy importante en su compromiso de
esposos; esperar encontrar la felicidad en el pecado es buscar
el bien en el mal. El pecado es la ruina de la vida de los casados,
como lo es de toda vida humana. Como el cáncer, el pecado destruye
todo lo que es bueno y gozoso en su relación matrimonial. Por
otra parte, conservar a Dios en su vida de matrimonio, confiar
en Su sabiduría y amor, y obedecer Sus leyes en el uso del privilegio
del matrimonio, merecerá gracias especiales durante los tiempos
difíciles de la vida del matrimonio, hará más hondo el amor recíproco
y les traerá esa paz interior de la mente y el corazón que es
la recompensa de una buena conciencia. Encontrarán el deseo y
la fuerza para seguir la ley de Dios, por medio de la recepción
frecuente y digna de la Sagrada Comunión. La recepción regular
del Sacramento de la Penitencia y la oración diaria.
Queridos
médicos católicos, por razón de su bautismo y confirmación, ustedes
están llamados por Dios para ser testigos de la fe católica que
profesan. Como miembros de una noble profesión ustedes están en
la posición de ser instrumentos de Dios para manifestar Su verdad
y Su amor.
Pueden
hacer esto disuadiendo a sus pacientes de practicar la anticoncepción
y presentándoles los métodos morales de la planificación natural
de la familia. Entonces ustedes serán objeto de la promesa de
Dios: “La persona que hace que un pecador deje el mal camino,
salvará su alma de la muerte y cubrirá una multitud de sus pecados”
(St 5,20). Así ustedes contribuirán al bienestar espiritual de
sus pacientes y, como el Médico Divino, ustedes cuidarán de toda
la persona, cuerpo y alma.
Es mi
ferviente oración que Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción,
Patrona de la Diócesis de Lincoln, por medio de su poderosa intercesión,
obtenga para todo el pueblo de Dios en nuestra Diócesis, especialmente
a los esposos católicos y a los médicos católicos, la gracia de
aceptar todas las doctrinas que Dios nos enseña por medio de Su
Iglesia y que las vivamos. Porque sólo en obediencia a la Divina
Voluntad el corazón humano puede experimentar la paz de la unión
con Dios, tanto en esta vida como en la eternidad.
Afectuosamente
en Cristo,
Glennon
P. Flavin
Obispo
de Lincoln, Nebraska ***********
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